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Ángel Martínez Bermejo

Retorno a Solentiname

Foto de Ángel Martínez Bermejo

Habíamos llegado a la finca de noche, después del fugaz crepúsculo que duró exactamente lo mismo que el viaje en lancha por el río, con la lluvia salpicando levemente los rostros alegres y callados. A San Carlos habíamos volado desde Managua en un avioncito que aterrizó en lo que en realidad era un prado a las afueras del pueblo. El piloto tuvo que dar tres pasadas sobre la supuesta pista para que unos cebúes se apartaran y nos dejaran el campo libre. Luego encontramos unas calles embarradas y llenas de socavones por donde pasaba una procesión del santo porque era su día.

            La finca a la que habíamos llegado por fin era la de los Coronel y allí Ian, uno de los dueños, me contó historias de los piratas y de los buscadores de oro que habían remontado el San Juan. Este río fue durante mucho tiempo la mejor vía de acceso desde el Caribe al interior de Centroamérica e incluso el Pacífico. También me habló de su abuelo el poeta José Coronel Urtecho y me regaló un libro de sus poesías. Luego todos se fueron a descansar, que el día había sido largo, debíamos madrugar al día siguiente y todo eso.

            Pero estábamos en la selva, el calor del día se había perdido, el río San Juan corría como un rumor poderoso a pocos metros y pensé que ya dormiría en otra ocasión. De la noche tropical, oliente y espesa, subían rumores de vida en movimiento, de aves, insectos, quién sabe qué. Así que me instalé en uno de los sillones del salón de la casa y empecé a leer Apocalipsis en Solentiname, un texto de Cortázar que venía en un volumen de cuentos y en donde habla de un viaje que hizo a las islas de Solentiname. Qué casualidad, justo adonde pensaba ir tres o cuatro días más tarde. Una botella de ron me acompañó en la soledad de la selva.

Foto de Ángel Martínez Bermejo

            Y leí el cuento en el que Cortázar contaba su viaje, que había subido a un avioncito en San José, la capital de Costa Rica, y había aterrizado en un prado en Los Chiles, muy cerca de la frontera con Nicaragua. Y, lo que más me sorprendió, que luego lo llevaron en un yip por un camino lleno de baches hasta la finca de José Coronel, un poeta “a quien más gente haría bien en leer y en cuya casa descansamos”. Cortázar hablaba de la casa y de los tragos de ron con que acompañaron la conversación.

            Empecé a sentir el vértigo de ver contado en un libro de hace muchos años algo muy parecido a lo que había vivido ese día. Era como si mi vida imitara sin querer al arte escrito tiempo atrás. En ese momento apareció Ian, desvelado, y no entendió por qué le preguntaba si tenían alguna otra finca. Claro que sí tenemos, en Los Chiles. Bueno, pensé, al menos no era la misma casa. Dado que la vida gusta de las simetrías y los pequeños anacronismos, y de los pequeños deslices en las simetrías, así tenía que ser.

            Me serví otro ron y seguí leyendo. Volví a Cortázar, que decía que otro día tomaron una lancha para ir a Solentiname, en el lago Cocibolca, donde se prendó de los cuadros pintados por los agricultores y pescadores que reflejan y recrean la vida de las islas. Cuenta que hizo muchas fotos de los cuadros y emprendió después el largo viaje de regreso a su casa de París; luego mandó a revelar todos los rollos de película que había utilizado en su estancia en América. Al cabo de unos días fue a recogerlos y, entre todas las cajitas llenas de diapositivas, buscó para ver las primeras la que tenía los cuadros. Carajo, pensó, prefería ver los cuadros antes que la vida que había captado en Costa Rica, en Cuba o en Nicaragua. “El arte antes que la vida…”.

            El arte antes que la vida. El arte que imita a la vida. Y la vida que imita al arte. Carajo, pensé.

Foto de Ángel Martínez Bermejo

            Y unos días después yo también fui a Solentiname en lancha y me prendé de los cuadros y les tomé muchas fotos. Pero eso era fácil, ya lo había leído. Me llegaba, sin embargo, la desilusión y la amargura. La comunidad artística de Solentiname que yo veía ya no era la de los tiempos del viaje de Cortázar. La represión somocista había acabado con uno de los sueños más hermosos de Centroamérica y ya nada era igual. Había llegado demasiado tarde. Mi vida dejaba de imitar, pensé, el texto escrito por Cortázar.

            Al caminar por la isla Mancarrón llegué a la iglesia que fue el eje de la utopía de Solentiname, donde los campesinos se reunían para comentar los Evangelios y cualquier tema de la vida. Es una iglesia sencilla y alegre, decorada con dibujos de colores básicos. Al lado hay una biblioteca y en un hotelito cercano vendían la artesanía del archipiélago y algunos libros. Rebuscando encontré El río San Juan, estrecho dudoso en el centro de América, una recopilación en la que Ernesto Cardenal recoge textos de muchos autores que habían escrito sobre la zona. Allí estaba de nuevo el cuento de Cortázar, donde se ilusionaba sobre Solentiname. Allí me volvía a cruzar con mi destino escrito de un día, que ya no era el mío.

            Pero había más textos. Y después de mi destino, al que había llegado tarde, como por arte de la vida, de las simetrías y de los anacronismos, Cortázar volvía a aparecer con otro relato, Retorno a Solentiname, donde contaba su segundo viaje a las islas y entonces encontraba los restos del naufragio tras el vandalismo somocista. Es ahí donde refleja su desilusión y su amargura y donde encontré reflejada la mía.

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